Acabo la
canción y Denise duerme o se hace la dormida. Decido no comprobar cuál de las
dos posibilidades es la correcta.
El móvil le ha sonado cuatro veces y sus párpados
no pueden evitar estremecerse con cada una de las vibraciones.
No puede
despertarse de pronto, contestar y volver a dormirse sin que acabemos la
charla, y yo no tengo ganas de que la acabe.
Ella
necesita alguien que haga que sus enredaderas aflojen presión y yo alguien que
esté a mi lado hasta que descubra en cuál de las respuestas que di aquella
noche me equivoqué y me llevó a perder el conocimiento de tal forma que
desperté a sus pies.
El caso es
que algunas de las espinas que lleva tatuadas por su espalda ya han hecho
herida en mí.
Enciendo uno
de sus Lucky Strike y me siento frente a la cama a obsérvala. Creo que sabe que
la miro atentamente y que disfruto de la visión de cada centímetro de su piel.
-Creo que no
me puedes ayudar y tampoco puedo ayudarte yo.
Me pongo su
camiseta de los Ramones y salgo a la calle.
La calle
está tan callada que solamente suena el girar de mi mente repasando cada uno de
los segundos desde que perdí el conocimiento hasta este preciso momento.
En algún
punto alejado suena la emisora de un taxista buscando una calle o alguna
disputa entre los clientes ebrios de un bar.
-Es hora de
volver a casa, de recuperar tu vida. Aquí ya no pintas nada. – Me digo mientras
saco un billete de vuelta a Barcelona.
La estación
de Atocha está llena de gente extraña. Hay vagabundos que aprovechan el aire
acondicionado para dormir frescos, viajeros nerviosos esperando empezar sus
vacaciones y después está la gente como yo. Mirando al infinito, sumidos en sus
pensamientos y dudando cada segundo que pasa de si han escogido una vez más el
camino equivocado.
Al subir al
tren se puede diferenciar claramente qué tipo de viaje queremos hacer cada uno.
Por suerte, a mi lado viaja una chica de unos 25 años que parece haber sufrido
una pérdida. No quiero preguntar si es el fallecimiento de un familiar o si se
trata simplemente de un desengaño
amoroso.
-Lo peor de
estos viajes son el principio, cuando quieres que pasen rápido los pueblos y
llegar al destino. Poco a poco, cuando llevemos unos kilómetros recorridos, ya
casi no recordarás la salida y la ansiedad por llegar será menos.-Me dice
apartándose su melena rubia y mirándome fijamente a los ojos.
-No tengo
prisa por llegar. Tengo prisa por dejar atrás esta ciudad que te consume cada
segundo.
-Si te vas a
alejar de esta ciudad deberías tener ganas por llegar a otra.
-A veces,
las ciudades marcan. Tienes que irte porque te consumen o porque te deportan.
Sea cual sea el motivo, a veces tienes que dejar una ciudad y no querer llegar
a ninguna otra.
Me mira de
reojo y sonríe.
-Yo a ti te
conozco. Estabas en la fiesta de Marc. Te pillaste un gran pedo y te fuiste con
el alemán aquel tan grande.
De repente y
como si hubiesen abierto la compuerta de una presa, me llegan mil millones de
flashes de aquella noche. Todavía nada con sentido. Puedo recordar el olor de
aquel piso, las colillas pisoteadas por los suelos, la fregadera hasta arriba
de vasos con moho y la cara del alemán.
-No recuerdo
nada de aquella noche.
-Dejaste sin
blanca a Toni y te acusó de contar las cartas. El alemán le tiró una botella de
Jack Daniels vacía a Toni y le abrió una herida considerable. Creo que 10
puntos y una semana en observación.
Asiento con
la cabeza y el tren arranca. Va cambiando el paisaje y, tal como dijo la chica,
al principio parece que no avances lo suficientemente rápido, pero en un
momento me veo en medio de una conversación en la que analizamos a los
pasajeros del tren.
-Si se
pudiera fumar aquí sería la leche. – Le digo con un poco de ansiedad pensando
que no podré fumar en las 4 horas que quedan de tren.
-Sé un sitio
en el que podemos fumar.
Se levanta
sin pensárselo dos veces y me lleva hasta el vagón pasado el bar.
-Debe estar
por aquí- Dice con una sonrisa maliciosa.
De una especie de cajón saca una de esas
llaves que abre las puertas de los trenes.
-Al subir vi
que el revisor la dejaba aquí. En el cuarto donde guardan las cosas de la
limpieza no nos encontrará nadie.
Entramos en
el cuarto y ella se sienta en una caja quedando sus piernas a la altura de mi
cadera. Tiene unas piernas preciosas y una minifalda muy corta.
Nos fumamos
el cigarro mientras me cuenta algo sobre un viaje que hizo a París y no puedo
evitar la necesidad de acariciar esos muslos que cuando ella ríe rozan mi
cuerpo suavemente.
Tiene un
lunar en el cuello que me encantaría probar su sabor.
Paso mis
manos por sus muslos y ella me coge la cabeza con las dos manos acariciando mi
nuca. Muerdo con mis labios su cuello y ella respira profundamente.
Nos rozamos
desnudos sintiendo que nuestros sexos se buscan.
Se baja de
la caja dándome la espalda, cojo sus pechos por detrás y entro en ella
sintiendo como vibra todo su interior. Sus pechos son blancos y sus pezones
tienen una forma perfecta.
Doy pequeños
mordiscos mientras ella pone los ojos en blanco sin poder evitar soltar algún
grito.
Nos
abrazamos fuerte y su cuerpo empieza a temblar con tanta fuerza que parece que
se vaya a desmayar.
Respira
tranquila y me da un beso en la mejilla. Tiene toda la cara roja y sus ojos se
han vuelto casi felinos.
Después de
eso nos pasamos el resto del camino en el bar y mirándonos con esa complicidad
que da el sexo.
Al llegar a
Barcelona siento que hayan pasado mil años desde que me fui y las calles ya no
suenan a magia ni las luces de las farolas tienen un color especial al sonar
Nieve de The Kooks.
Pero seguro
que esta ciudad tiene guardado mi secreto en alguna de las esquinas y que un
día al girar una calle aparecerá ahí delante de mí, por sorpresa y sin poder escapar a ella.
Siempre fue así y así me gustaría que siguiese.