lunes, 24 de septiembre de 2012

El viaje 2.1 - Un tren llamado "te deseo"


Acabo la canción y Denise duerme o se hace la dormida. Decido no comprobar cuál de las dos posibilidades es la correcta.
 El móvil le ha sonado cuatro veces y sus párpados no pueden evitar estremecerse con cada una de las vibraciones.
No puede despertarse de pronto, contestar y volver a dormirse sin que acabemos la charla, y yo no tengo ganas de que la acabe.
Ella necesita alguien que haga que sus enredaderas aflojen presión y yo alguien que esté a mi lado hasta que descubra en cuál de las respuestas que di aquella noche me equivoqué y me llevó a perder el conocimiento de tal forma que desperté a sus pies.
El caso es que algunas de las espinas que lleva tatuadas por su espalda ya han hecho herida en mí.
Enciendo uno de sus Lucky Strike y me siento frente a la cama a obsérvala. Creo que sabe que la miro atentamente y que disfruto de la visión de cada centímetro de su piel.

-Creo que no me puedes ayudar y tampoco puedo ayudarte yo.

Me pongo su camiseta de los Ramones y salgo a la calle.

La calle está tan callada que solamente suena el girar de mi mente repasando cada uno de los segundos desde que perdí el conocimiento hasta este preciso momento.
En algún punto alejado suena la emisora de un taxista buscando una calle o alguna disputa entre los clientes ebrios de un bar.

-Es hora de volver a casa, de recuperar tu vida. Aquí ya no pintas nada. – Me digo mientras saco un billete de vuelta a Barcelona.

La estación de Atocha está llena de gente extraña. Hay vagabundos que aprovechan el aire acondicionado para dormir frescos, viajeros nerviosos esperando empezar sus vacaciones y después está la gente como yo. Mirando al infinito, sumidos en sus pensamientos y dudando cada segundo que pasa de si han escogido una vez más el camino equivocado.

Al subir al tren se puede diferenciar claramente qué tipo de viaje queremos hacer cada uno. Por suerte, a mi lado viaja una chica de unos 25 años que parece haber sufrido una pérdida. No quiero preguntar si es el fallecimiento de un familiar o si se trata  simplemente de un desengaño amoroso.

-Lo peor de estos viajes son el principio, cuando quieres que pasen rápido los pueblos y llegar al destino. Poco a poco, cuando llevemos unos kilómetros recorridos, ya casi no recordarás la salida y la ansiedad por llegar será menos.-Me dice apartándose su melena rubia y mirándome fijamente a los ojos.
-No tengo prisa por llegar. Tengo prisa por dejar atrás esta ciudad que te consume cada segundo.
-Si te vas a alejar de esta ciudad deberías tener ganas por llegar a otra.
-A veces, las ciudades marcan. Tienes que irte porque te consumen o porque te deportan. Sea cual sea el motivo, a veces tienes que dejar una ciudad y no querer llegar a ninguna otra.
Me mira de reojo y sonríe.
-Yo a ti te conozco. Estabas en la fiesta de Marc. Te pillaste un gran pedo y te fuiste con el alemán aquel tan grande.

De repente y como si hubiesen abierto la compuerta de una presa, me llegan mil millones de flashes de aquella noche. Todavía nada con sentido. Puedo recordar el olor de aquel piso, las colillas pisoteadas por los suelos, la fregadera hasta arriba de vasos con moho y la cara del alemán.
-No recuerdo nada de aquella noche.
-Dejaste sin blanca a Toni y te acusó de contar las cartas. El alemán le tiró una botella de Jack Daniels vacía a Toni y le abrió una herida considerable. Creo que 10 puntos y una semana en observación. 

Asiento con la cabeza y el tren arranca. Va cambiando el paisaje y, tal como dijo la chica, al principio parece que no avances lo suficientemente rápido, pero en un momento me veo en medio de una conversación en la que analizamos a los pasajeros del tren.

-Si se pudiera fumar aquí sería la leche. – Le digo con un poco de ansiedad pensando que no podré fumar en las 4 horas que quedan de tren.
-Sé un sitio en el que podemos fumar.
Se levanta sin pensárselo dos veces y me lleva hasta el vagón pasado el bar.
-Debe estar por aquí- Dice con una sonrisa maliciosa.
 De una especie de cajón saca una de esas llaves que abre las puertas de los trenes.
-Al subir vi que el revisor la dejaba aquí. En el cuarto donde guardan las cosas de la limpieza no nos encontrará nadie.

Entramos en el cuarto y ella se sienta en una caja quedando sus piernas a la altura de mi cadera. Tiene unas piernas preciosas y una minifalda muy corta.
Nos fumamos el cigarro mientras me cuenta algo sobre un viaje que hizo a París y no puedo evitar la necesidad de acariciar esos muslos que cuando ella ríe rozan mi cuerpo suavemente.
Tiene un lunar en el cuello que me encantaría probar su sabor.
Paso mis manos por sus muslos y ella me coge la cabeza con las dos manos acariciando mi nuca. Muerdo con mis labios su cuello y ella respira profundamente.
Nos rozamos desnudos sintiendo que nuestros sexos se buscan.
Se baja de la caja dándome la espalda, cojo sus pechos por detrás y entro en ella sintiendo como vibra todo su interior. Sus pechos son blancos y sus pezones tienen una forma perfecta.
Doy pequeños mordiscos mientras ella pone los ojos en blanco sin poder evitar soltar algún grito.
Nos abrazamos fuerte y su cuerpo empieza a temblar con tanta fuerza que parece que se vaya a desmayar.
Respira tranquila y me da un beso en la mejilla. Tiene toda la cara roja y sus ojos se han vuelto casi felinos.
Después de eso nos pasamos el resto del camino en el bar y mirándonos con esa complicidad que da el sexo.
Al llegar a Barcelona siento que hayan pasado mil años desde que me fui y las calles ya no suenan a magia ni las luces de las farolas tienen un color especial al sonar Nieve de The Kooks.
Pero seguro que esta ciudad tiene guardado mi secreto en alguna de las esquinas y que un día al girar una calle aparecerá ahí delante de mí, por sorpresa y  sin poder escapar a ella.
Siempre fue así y así me gustaría que siguiese.


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