domingo, 9 de diciembre de 2012

Faltaba mi realidad


Sonaba “Money for nothing” al mismo tiempo que dejaban sus copas de cristal de bohemia sobre una mesa que había pertenecido a la familia real inglesa hacía 300 años.
Lo hacían con la normalidad que lo hace una persona que ha visto ese tipo de pequeñas obras de arte a diario.
No podía evitar pensar en la cantidad de historia y de historias que habían pasado por delante de cada uno de los muebles que había en la habitación.
El tema de la noche se centraba en la crisis. La crisis es el centro de las conversaciones en todos los niveles sociales desde hace años. El problema es que, hablar de crisis con una copa de ginebra que posiblemente venga de la ciudad que le dio su nombre al licor, parece un escarnio.
No podía aportar nada a la conversación porque, realmente, aquella gente no entendería el punto de vista de una persona que nació en un gueto de Barcelona y que creció a unos 20 kilómetros de ella, en un pueblo casi incomunicado del mundo.
Mientras ellos se centraban en la crisis de valores, tanto morales como bursátiles, mi visión era la de una crisis apocalíptica que nos está llevando a dejar a las clases sociales más desfavorecidas con problemas mucho más importantes que el perder poder adquisitivo en la bolsa.
¿Quién era yo para desatar una crisis emocional en aquel país de las maravillas?
Lo único que podía conseguir era su rechazo social, incluso, su desprecio al descubrir que era un intruso con una careta mal pintada y con poses que había aprendido estudiando a cada uno de ellos mirando por la mirilla de la puerta social.
Quizá muchos de ellos también estaban jugando al mismo juego que yo y que todo formaba parte de una versión real de la cena de los idiotas de Francis Veber. En esta ocasión, cada uno había invitado a un representante de las clases inferiores para restregar en nuestras caras su opulencia.
Lo mejor que podía hacer era disfrutar de aquel gintónic, aquella música y de aquellas sonrisas algo forzadas, pero simpáticas y visualmente muy agradables.
El escenario era vistoso, bonito, olía bien y las pieles eran tan suaves como lo puede ser una piel que ha estado rozada por la seda más delicada.
Me faltaba un amigo haciendo una broma socarrona, una cerveza bebida a morro y algo de Bob Dylan.
Faltaba alguien patoso que vertiese su copa sobre un sofá del IKEA y alguien que rompiese una copa dejando el suelo pegajoso.
Faltaba que quedara poco hielo, que se acabase el whisky, que se discutiera por la siguiente canción, que alguien le echara el humo del cigarro al gato y todos se lo recriminaran.
Faltaba alguien que cantara a gritos y desafinando cualquier canción, que bailásemos encima del sofá, que nos perdiéramos en las habitaciones, que nos comiésemos a besos en los rincones.
Faltaba mi realidad.

2 comentarios:

  1. Faltaba...pero no es difícil de encontrar :)

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    1. Hi!!

      Está claro que en todas partes puedes encontrar un poco de la realidad de nosotros.
      Aunque prefiero la naturalidad al "postureo".
      Un beso!

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