Sonaba
“Money for nothing” al mismo tiempo que dejaban sus copas de cristal de bohemia
sobre una mesa que había pertenecido a la familia real inglesa hacía 300 años.
Lo hacían
con la normalidad que lo hace una persona que ha visto ese tipo de pequeñas obras
de arte a diario.
No podía
evitar pensar en la cantidad de historia y de historias que habían pasado por
delante de cada uno de los muebles que había en la habitación.
El tema de
la noche se centraba en la crisis. La crisis es el centro de las conversaciones
en todos los niveles sociales desde hace años. El problema es que, hablar de
crisis con una copa de ginebra que posiblemente venga de la ciudad que le dio
su nombre al licor, parece un escarnio.
No podía
aportar nada a la conversación porque, realmente, aquella gente no entendería
el punto de vista de una persona que nació en un gueto de Barcelona y que
creció a unos 20 kilómetros de ella, en un pueblo casi incomunicado del mundo.
Mientras
ellos se centraban en la crisis de valores, tanto morales como bursátiles, mi
visión era la de una crisis apocalíptica que nos está llevando a dejar a las
clases sociales más desfavorecidas con problemas mucho más importantes que el
perder poder adquisitivo en la bolsa.
¿Quién era
yo para desatar una crisis emocional en aquel país de las maravillas?
Lo único que
podía conseguir era su rechazo social, incluso, su desprecio al descubrir que
era un intruso con una careta mal pintada y con poses que había aprendido
estudiando a cada uno de ellos mirando por la mirilla de la puerta social.
Quizá muchos
de ellos también estaban jugando al mismo juego que yo y que todo formaba parte
de una versión real de la cena de los idiotas de Francis Veber. En esta ocasión, cada
uno había invitado a un representante de las clases inferiores para restregar
en nuestras caras su opulencia.
Lo mejor que
podía hacer era disfrutar de aquel gintónic, aquella música y de aquellas
sonrisas algo forzadas, pero simpáticas y visualmente muy agradables.
El escenario
era vistoso, bonito, olía bien y las pieles eran tan suaves como lo puede ser
una piel que ha estado rozada por la seda más delicada.
Me faltaba
un amigo haciendo una broma socarrona, una cerveza bebida a morro y algo de Bob
Dylan.
Faltaba
alguien patoso que vertiese su copa sobre un sofá del IKEA y alguien que
rompiese una copa dejando el suelo pegajoso.
Faltaba que
quedara poco hielo, que se acabase el whisky, que se discutiera por la
siguiente canción, que alguien le echara el humo del cigarro al gato y todos se
lo recriminaran.
Faltaba alguien
que cantara a gritos y desafinando cualquier canción, que bailásemos encima del
sofá, que nos perdiéramos en las habitaciones, que nos comiésemos a besos en
los rincones.
Faltaba mi
realidad.
Faltaba...pero no es difícil de encontrar :)
ResponderEliminarHi!!
EliminarEstá claro que en todas partes puedes encontrar un poco de la realidad de nosotros.
Aunque prefiero la naturalidad al "postureo".
Un beso!