domingo, 13 de enero de 2013

Lidia y Dancing Moog

En la radio del coche suena una versión bootleg,  "Good life" de Inner City. Las luces incandescentes de los semáforos pasan casi tan deprisa como late mi corazón.

-Qué muerte tan horrible. Morir en un descapotable con italo music a todo volumen en medio de Passeig de Gràcia.

Lo digo con una sonrisa aunque, realmente, tengo miedo de que en uno de esos semáforos que nos estamos saltando, un coche nos empotre contra el Palau Robert.

- ¿Sabes una muerte horrible de verdad? una muerte horrible es esa que te deja a medias. Es una putada, estás luchando por tener un futuro mejor y de pronto, una enfermedad, un accidente y te deja a medias, simplemente con el sacrificio.
- La madre que me parió. Voy en un coche a 160 km/h por Barcelona, conduce una loca drogata, fanática de la italo music y del “carpe diem”.- Esta vez lo digo con una media sonrisa y con bastante miedo.
- Relájate, ya llegamos.

Aparca en uno de esos garajes inteligentes que dejas el coche en una habitación y desaparece. Cruzamos Las Ramblas y entramos en la calle Arc de Teatre.

-¿Aquí no es donde dice Zafón que está el cementerio de los libros olvidados en “la sombra del viento”?
-¿Aquí? Quizá esté el cementerio de los yonkis olvidados o el cementerio de las putas de 80 años. Flaco favor le hace a los turistas con referencias a este tipo de callejuelas. 

Es curioso ver una cola de 50 personas hiper-mega-super-fashion victim, en medio de una callejuela casi en penumbras con olor a orines.

La puerta del “Dancing Moog” es una estrecha puerta flanqueada por un gorila dos veces más grande que la puerta.
Los yonkis, vagabundos y vendedores de rosas o bebidas se pasean por la cola con la intención de sacar unos euros o, en su defecto, un cigarro. Pero no hay suerte, porque parecen invisibles.
Nos saltamos la cola. El gran guardia de seguridad le da dos besos a Lidia e intenta darme otros dos a mi.

-Tranqui amigo, nunca beso en la primera cita.- Le digo sonriendo mientras le doy una calada a mi nobel triple filtro. Se ríe y nos deja pasar.

Antes de llegar al guardarropa, Lidia desaparece, como si se hubiera volatilizado, como si uno de los láser que hay en la sala le hubiese dado de lleno, así que decido tomar algo.

Una camarera extremadamente delgada y con ojeras se me acerca con cara de mala leche, me mira y me dice:
-Bueno ¿qué? 
-Una cerveza. Pero una que tenga cuerpo, simpática.

Creo que no lo ha pillado, ni ella, ni ninguno de los guiris que están en la sala.
Una rubia, tan esquelética como la camarera, me mira, le da un trago a su lata de Red-Bull y me suelta un ataque directo.

-Será lo único con cuerpo que pruebes esta noche.

——— Continuará —————

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