viernes, 6 de septiembre de 2013

Conversaciones entre J. P. Clarke's y Little Italy


La conexión gratis al wifi  de la red AT&T es una de las mejores cosas que nos pueden ofrecer  a los visitantes de la gran manzana.  McDonalds, Starbucks y las paradas del Subway, tienen acuerdos con esta compañía para ofrecer a los turistas la posibilidad de actualizar sus aparatos informáticos de comunicación.
Es por eso que estaba parado en la tercera  avenida con la calle 55. Por eso y porque quería fotografiar la curiosa fachada de J.P. Clarke’s.  Éste es uno de esos edificios que, si no te lo cuenta un neoyorquino, no te pararías a mirar.
 J. P. Clarke’s hoy día es un restaurante de hamburguesas, pero en su inauguración fue un salón al más puro estilo far west.
Lo curioso de este edificio es que sobrevivió al boom inmobiliario y se encuentra rodeado de rascacielos. Esa es una de las singularidades, además de recordarnos el final de la película Annie Hall de Woody Allen.
En esa escena, la cámara está situada dentro de J.P. Clarke’s. Justo donde se encontraba mi amiga sentada cuando me vio buscando subir la cobertura de mi móvil de 1 a 2 rayas.
Me miró con los ojos como platos, mucho más de platos que habitualmente, y me hizo varios gestos que no entendía desde la calle.
Una de las diversiones de los neoyorquinos en verano  es ver a los extranjeros salir de los locales. Cuando llevas un rato dentro de un local, ya no recuerdas que en la calle se está a 40ºC. Sales confiado que la temperatura será la misma o similar y recibes un golpe de calor que te deja sin aliento durante casi un segundo.
Eso le pasó y lo acompañó de un “shit!” que le salió del alma. Se acercó casi dando saltitos como si fuera una gacela corriendo por el bosque,  me agarró con las dos manos por los hombros y me dio dos sonoros besos, uno en cada una de mis mejillas.
New York City tiene unos 800 km2, una población de unos  18 millones de habitantes, pasarán otros tantos millones de turistas y justo en esta esquina nos hemos ido a encontrar. Puede que sea el azar o puede que viésemos juntos la película del gran director y quisiéramos recrear aquel final.
Sea como sea, la vi extraña bajo aquellos rascacielos. Empezamos a andar sin rumbo y ella iba hablando con esa velocidad que siempre ha tenido.
 Ya no recordaba las muecas con la cara o los aspavientos de sus manos. Parecía más joven, más inocente y mucho más nerviosa.
Es posible que fuera porque a los pies de esta ciudad todo el mundo se siente insignificante.

Cogimos el metro en Lexington y nos bajamos en Lafayette St. en todo el trayecto no paraba de contarme las maravillas de la ciudad. Realmente es una ciudad cosmopolita, moderna, metamórfica y hospitalaria.
“Esto no es UShA (lo decía con ese arrastrar característico de ella), los estadounidenses son gente cerrada y…y…aquí es…es…es…esto es el paraíso” lo decía mirando al infinito y con un brillo soñador en los ojos.
Entramos en Mulberry St., lo poco que queda de la Little Italy. El resto ha sido absorbido por Chinatown y ha dejado el barrio italiano reducido a esta calle. Incluso podríamos decir que tampoco, ya que la mayoría de los propietarios de los locales “italianos” de esta calle también son chinos.
Me contaba como hace unos años te podías cruzar, incluso fotografiar con Big Chin. La historia de Big Chin es de las más curiosas de la mafia.
Conoció a Don Vito (el real) y se convirtió en uno de los matones de la familia Genovese. Sobre los años 80, Don Vito fue detenido y dejó a sucesor para vigilar los negocios de la familia, pero la policía no conseguía descubrir quién era tal sucesor.
Lo más lógico sería acusar a Vincent “Big Chin” Louis, pero éste estaba totalmente ido. Paseaba en albornoz y zapatillas por las calles, gritaba insultos y boxeaba con su sombra. Los turistas se burlaban de él y se hacían fotos. Parecía el típico tonto del pueblo, hasta que un policía descubrió que, a pesar de su locura, los camareros y propietarios de los restaurantes le guardaban respeto y silencio a su paso. Así fue como desmontaron la tapadera de Big Chin el último Boss conocido de la familia Genovese.
“Habría sido divertido hacerse una foto con él, pero murió en 2005“, me dice con cara de pena.
Decidimos comer en Umberto’s Clam House, más que nada por el morbo de comer en el sitio donde fue asesinado Joe Gallo.
El servicio en New York es una maravilla, siempre y cuando no vayas a un McDonalds, Starbucks, algún Deli, a los puestos de Hot-Dog’s, a una farmacia, a pedir información turística… Realmente, en New York el servicio es bueno siempre que te gastes dinero. En los restaurantes el servicio es maravilloso porque de ello depende que dejes el 15%, el 18% o el 20% de propina.
Salimos de Little Italy paseamos por el Soho y llegamos a Tribeca. Aquí ella tiene alquilado un loft al más puro estilo neoyorquino.
-Ha sido muy divertido encontrarte aquí.- Le digo siendo totalmente sincero y cogiéndole la mano con cariño.
-No, no, no sé qué decir. Me lo he pasado muy bien. Estaré unos días más por aquí que tengo que hacer algunas coshas (vuelve a arrastrar las eses y ya voy entendiendo que cuando lo hace es porque está muy, muy nerviosa).
Miro al fondo y veo el One World Trade Center, lo que llaman la Freedom Tower y es gracias a esta visión que consigo ser totalmente sincero.
-Eres increíble, recuérdalo cuando la gente te diga que no lo eres. No tienes que demostrar nada a nadie. Lo eres. Tienes ese don. Y no te enfades conmigo.
Su cara hace tantas muecas que parece a Jim Carrey en La Máscara. Me abraza, me mete alguno de sus pelos en la boca y con otros me hace cosquillas en la nariz.
-¿Nos volveremos a ver?
-Siempre nos volvemos a encontrar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario